sábado, 10 de octubre de 2015

cuento

Con la presión encima por terminar mi última novela, todos los días por la mañana abría los ojos, observaba por muchos minutos al techo esperando a que cambiara de color, pero no, seguía azul cómo siempre. Se hacía tarde para ir a la escuela, rápido entré a la regadera, esperaba que el agua fría que caía sobre mí cuerpo terminara por despertarme, aunque no fue lo que esperaba, seguía pensando en mi escrito. Salí de la regadera para vestirme, tomé mis cosas y fui al colegio.
Las cosas no cambiaron mucho dentro de la institución, aunque sí me distraje entre las bromas de mis compañeros y las tediosas clases de los profesores. Después de todo éste día pesado en la escuela, llegué de nuevo a casa, subí a mi cuarto y me tiré sobre mi cama, no quería saber nada del mundo, sólo me quede viendo nuevamente al techo, el cual no mostraba ningún cambio al igual que yo, de pronto el sonido del teléfono rompió el silencio que había en la habitación.
Bajé corriendo por la escalera y de un salto dejé los últimos escalones atrás, contesté y escuche la voz de mi mejor amiga, quién muy enojada me reclamó sobre lo que había hecho el día de ayer en la fiesta nocturna a la que fuimos (no juntos), siendo sincero no recordaba nada, estaba muy ocupado con el final de mi novela como para recordar lo que hice seguramente borracho en la reunión de anoche, le dije que no tenía la menor idea de lo que me decía, antes de colgar la escuché gritar muy exasperada –Jake ¡te odio! Casi matas a mi acompañante- y su voz se silenció.
Ante toda ésta confusión decidí salir de la casa para caminar por el vecindario, hacía frío y sin darme cuenta la noche había empezado a caer, entre los callejones oscuros alguien tomó mi brazo, no estaba asustado por eso, giré la vista para ver de quién se trataba, era Tobías, un viejo amigo  de la escuela y la infancia. Me preguntó hacia donde me dirigía, le dije –no tengo destino alguno- y él respondió –sin lugar fijo podrías perderte en estas calles- me siguió entonces en mi caminata.
Durante nuestro paseo por las avenidas hablamos de nuestras vidas y lo difícil que han sido estos años en los que no hemos tenido contacto, fue de gran alivio platicar de esto, al menos para mí lo fue. Curiosamente entre nuestros diálogos, él aseguró haber ido a la fiesta de anoche, le mencioné que yo también había estado presente. Bastante raro había sido estar en el mismo lugar y no habernos visto, Tobías me contó que había tomado unos cuantos vasos de ron y conversó con amigos nuestros y que cuando abandonaba el lugar vio a alguien gritar, pero que no tomó importancia y se marchó.
A unas cuantas cuadras de mi casa él miro su reloj y dijo que tenía que volver a su hogar, antes de irse me pregunto si escribía aún como lo hacía en secundaria, contesté afirmativamente, aunque le aseguré que últimamente eso ya no era un placer sino que se había convertido en un castigo y que no podía culminar mi más reciente obra. Me recordó que tenía encontrar de nuevo esa pasión para escribir, que debía hacer el amor con mis libros, escuchar música y escribir versos al estilo de Alfonso Reyes, entonces dio media vuelta y se marchó.
Regresé a mi hogar, tomé mi novela, la hojeé durante un largo rato, decidí escuchar música como lo había sugerido Tobías, y más que relacionarme con mi texto, la pieza que sonaba me relaciono con Sofía, mi amiga, era nuestra canción favorita, ella aún debía estar enojada conmigo, aunque no sabía lo que hice para molestarla tanto, tomé el teléfono y la llamé, pedí disculpas cuando ella dijo que traté de matar a su acompañante y también le grité a ella, tuvimos una breve charla y le expliqué que estaba demasiado presionado por terminar de escribir y que eso me tenía tenso y demasiado irritado, que al verla divirtiéndose sin mí y con alguien a quien aborrezco, perdí el control debido al alcohol que ingerí, ahora recuerdo todo, pedí disculpas nuevamente y colgué el teléfono.

Con el asunto de Sofía aclarado, me dediqué a mi novela, con la mente despejada y la música animándome, empecé a escribir durante unas cuantas horas, y por fin pude darle fin al escrito, después de tantas preocupaciones y líos en los que me metió. Al terminar me tiré sobre mi cama, miré alrededor y todo parecía de otro color, incluso el techo había cambiado.

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