miércoles, 21 de octubre de 2015

Cómo olvidar aquellas voces que inundaban mis sueños, han pasado ya muchos años y no puedo sacar de mi cabeza esos terribles ecos de ánimas desgarradas y condenadas a sufrir por interminable tiempo. Recuerdo el día en el que vagaba por el centro de la ciudad como cotidianamente lo hacía, no me gustaba socializar con nadie, así que evitaba hablar con quien sea. Era una noche oscura, sin luna y las luminarias eran insuficientes para todas las calles. Me fui alejando de las calles y negocios conocidos, atestados de gente, las penumbras comenzaban a cubrir el resto de las avenidas, casi no había gente por estos lugares, apenas lograba distinguir algo, me dispuse a regresar a mi hogar ya que no tendría caso caminar por ahí. A unos cuantos pasos de salir de esas calles sin luz algo resplandecía, llamó mucho mi atención y no pude evitar acercarme a ese rojo profundo, carmesí, bastante seductor a cualquier ojo, al estar lo más cerca de este llamativo rojo noté que eran unas plantas, jamás las había visto en mi vida, de pronto sentí una pesada mirada, alguien me observaba entre las sombras, logré distinguir una silueta esbelta y cansada, no le veía el rostro parecía estar cubierto, no se movía solo estaba ahí parado observándome, pregunté si era la persona que vendía esas flores y respondió con un seco sí. Tomé las flores, estaba dispuesto a pagar el precio que él pusiera, saqué de mi bolsillo la billetera y antes de que la abriera, aquella persona que supongo era un anciano por su voz y la silueta encorvada, me dijo que al tomar las plantas era suficiente pago y que tenía que marcharme ya. Qué extraño comerciante, me dije a mi mismo, me ha regalado su mejor mercancía, no hice más objeciones y las lleve a mi hogar. Al llegar las observe una vez más, eran realmente exóticas, decidí colocarlas en el patio. Ya era tarde me sentía bastante cansado, me acosté y cerré los ojos, esa misma noche sentí una terrible opresión sobre mí, algo inquieta a mi pensamiento, estuve largas horas con esa sensación hasta puede dormir. La siguiente noche, no fue diferente, incluso fue peor, a diferencia que ahora sí pude dormir rápido, pero no fue un descanso agradable, mi sueño se veía lleno de figuras deformes y extrañas, desfiguradas entre el fuego, encadenadas, quemándose sin que nadie pudiera hacer algo por ellas. Recuerdo muy bien sus lamentos, sus gritos, sus quejidos, muñones y pedazos desmembrados se retorcían en el suelo, eran visiones nefastas, nunca había soñado algo así, logré despertar y vi el reloj eran las tres de la mañana, no pude dormir, sólo me quedé sobre mi cama con los ojos abiertos hasta que saliera el sol. Y así fue durante mucho tiempo, quizás unos cinco años, con los mismos gritos desgarradores y los horrores que noche tras noche veía. Mientras yo me desgastarán y casi la locura se adueñaba de mi mente, las flores que había comprado hace tiempo crecían y el rojo de sus pétalos se hacía más profundo, parecían que mis tormentos las hicieran florecer, quería deshacerme de ellas, pero se encontraban totalmente embriagadoras, que injusto que mientras yo descendía al infierno literalmente, esas plantas crecían aún más. Como era de costumbre ya para mí, me recostaba sobre mi cama y sólo cerraba los ojos esperando dormir aunque sea un par de horas y sí tener que soñar con esas escenas dantescas. No sé en que momento logré conciliar el sueño, había empezado a relajarme cuando nuevamente los gritos, aullidos y lamentos torturaban mi mente, llevándome al borde de lo insano, desperté y mi cuarto estaba lleno de siluetas raras, en la casa se escuchaban ruidos y los lamentos se escuchaban en cada rincón de la casa, salí corriendo, no sabía sí estaba en la línea de lo real y lo ficticio. Salí rápidamente y en el patio las flores rojas se movían de una forma extraña, se retorcían y los gritos salían de ellas, quedé entumecido ante horripilante escena, no sabía cómo reaccionar, aquellas criaturas que estaban dentro de la casa comenzaban a acercarse, corrí hacia las flores y en un ataque de rabia, arranqué las flores, de sus tallos brotaba sangre, y los gritos cesaron, cerré los ojos para no ver a las bestias tras de mi. Cuando volví a abrir los ojos estaba recostado en mi cama, el sol daba sobre mi cara y todo se hallaba tan común, sueño o no esas plantas ya no estaban y con ellas se habían ido toda esa locura o tal vez no era así.

sábado, 10 de octubre de 2015

reducción de cuento

Cuento (tres párrafos).
Con la presión por terminar mi novela, todos los días por la mañana abría los ojos y observaba durante varios minutos al techo el cual no cambiaba de color, seguía azul como siempre. Entraba en la regadera para terminar de despertarme pero no, aun así tomaba mis cosas y me iba a la escuela a distraerme un poco con mis compañeros y las clases de los profesores. Cuando salí del colegio me fui directamente a casa para acostarme, de pronto recibo una llamada.
Mi amiga Sofía me reclamó por querer matar a su acompañante en la fiesta que tuvimos anoche, no podía recordar lo que había hecho ya que mi mente estaba totalmente ocupada con mi novela, le dije que no tenía idea de lo que me mencionaba y colgó. Decidí ir a caminar por el vecindario, entre los callejones me encontré con un viejo amigo de la infancia, Tobías al cual no había visto en años, le conté todo lo que había pasado últimamente en mi vida y también todo acerca de mi novela que no podía terminar, él me aconsejo apasionarme nuevamente como si hiciera el amor con mis libros.
Llegué nuevamente a casa y decidí seguir los consejos de Tobías, puse música y la canción que sonaba me recordó a Sofía, entonces tomé el teléfono y la llamé para aclarar lo que pasó, cuando ella me dio lo que había tratado de hacer, empecé a recordar que la vi con alguien a quien aborrezco mientras se divertían, lo cual me molesto e influenciado por el alcohol actué así, pedí disculpas y colgué. Con este asunto esclarecido, me dediqué a mi novela, me sentía motivado a seguir escribiendo y por fin pude terminar.



 Cuento (un párrafo).

Con la presión por terminar mi novela todos los días me levantaba para meterme a la regadera esperando terminar de despertarme, lo cual no conseguía, ya que sólo pensaba en mi escrito, me iba a la escuela sólo para tratar de distraerme entre las bromas de mis compañeros y las clases de los profesores. Cuando salía del colegio me iba directo a casa para tirarme sobre mi cama y ver al techo, mientras hacía esto recibí una llamada, era de mi mejor amiga Sofía la cual sólo me llamaba para reclamarme furiosa por mis actos durante la fiesta de anoche, le dije que no recordaba nada y no sabía de lo que hablaba, gritó y dijo que casi mataba a la persona que la acompaño esa noche. Decidí caminar por el vecindario ante la confusión, en mi camino me encontré a Tobías un viejo amigo que no veía hace años, le conté lo que me sucedía y también acerca de mi novela que no podía terminar de escribir, él me aconsejo un poco. Al regresar a casa decidí seguir los consejos de Tobías, al hacer esto recordé a Sofía, la llamé para aclarar las cosas, recordé todo lo que había hecho y el por que, con el pensamiento más claro me concentré y pude terminar mi escrito.

cuento

Con la presión encima por terminar mi última novela, todos los días por la mañana abría los ojos, observaba por muchos minutos al techo esperando a que cambiara de color, pero no, seguía azul cómo siempre. Se hacía tarde para ir a la escuela, rápido entré a la regadera, esperaba que el agua fría que caía sobre mí cuerpo terminara por despertarme, aunque no fue lo que esperaba, seguía pensando en mi escrito. Salí de la regadera para vestirme, tomé mis cosas y fui al colegio.
Las cosas no cambiaron mucho dentro de la institución, aunque sí me distraje entre las bromas de mis compañeros y las tediosas clases de los profesores. Después de todo éste día pesado en la escuela, llegué de nuevo a casa, subí a mi cuarto y me tiré sobre mi cama, no quería saber nada del mundo, sólo me quede viendo nuevamente al techo, el cual no mostraba ningún cambio al igual que yo, de pronto el sonido del teléfono rompió el silencio que había en la habitación.
Bajé corriendo por la escalera y de un salto dejé los últimos escalones atrás, contesté y escuche la voz de mi mejor amiga, quién muy enojada me reclamó sobre lo que había hecho el día de ayer en la fiesta nocturna a la que fuimos (no juntos), siendo sincero no recordaba nada, estaba muy ocupado con el final de mi novela como para recordar lo que hice seguramente borracho en la reunión de anoche, le dije que no tenía la menor idea de lo que me decía, antes de colgar la escuché gritar muy exasperada –Jake ¡te odio! Casi matas a mi acompañante- y su voz se silenció.
Ante toda ésta confusión decidí salir de la casa para caminar por el vecindario, hacía frío y sin darme cuenta la noche había empezado a caer, entre los callejones oscuros alguien tomó mi brazo, no estaba asustado por eso, giré la vista para ver de quién se trataba, era Tobías, un viejo amigo  de la escuela y la infancia. Me preguntó hacia donde me dirigía, le dije –no tengo destino alguno- y él respondió –sin lugar fijo podrías perderte en estas calles- me siguió entonces en mi caminata.
Durante nuestro paseo por las avenidas hablamos de nuestras vidas y lo difícil que han sido estos años en los que no hemos tenido contacto, fue de gran alivio platicar de esto, al menos para mí lo fue. Curiosamente entre nuestros diálogos, él aseguró haber ido a la fiesta de anoche, le mencioné que yo también había estado presente. Bastante raro había sido estar en el mismo lugar y no habernos visto, Tobías me contó que había tomado unos cuantos vasos de ron y conversó con amigos nuestros y que cuando abandonaba el lugar vio a alguien gritar, pero que no tomó importancia y se marchó.
A unas cuantas cuadras de mi casa él miro su reloj y dijo que tenía que volver a su hogar, antes de irse me pregunto si escribía aún como lo hacía en secundaria, contesté afirmativamente, aunque le aseguré que últimamente eso ya no era un placer sino que se había convertido en un castigo y que no podía culminar mi más reciente obra. Me recordó que tenía encontrar de nuevo esa pasión para escribir, que debía hacer el amor con mis libros, escuchar música y escribir versos al estilo de Alfonso Reyes, entonces dio media vuelta y se marchó.
Regresé a mi hogar, tomé mi novela, la hojeé durante un largo rato, decidí escuchar música como lo había sugerido Tobías, y más que relacionarme con mi texto, la pieza que sonaba me relaciono con Sofía, mi amiga, era nuestra canción favorita, ella aún debía estar enojada conmigo, aunque no sabía lo que hice para molestarla tanto, tomé el teléfono y la llamé, pedí disculpas cuando ella dijo que traté de matar a su acompañante y también le grité a ella, tuvimos una breve charla y le expliqué que estaba demasiado presionado por terminar de escribir y que eso me tenía tenso y demasiado irritado, que al verla divirtiéndose sin mí y con alguien a quien aborrezco, perdí el control debido al alcohol que ingerí, ahora recuerdo todo, pedí disculpas nuevamente y colgué el teléfono.

Con el asunto de Sofía aclarado, me dediqué a mi novela, con la mente despejada y la música animándome, empecé a escribir durante unas cuantas horas, y por fin pude darle fin al escrito, después de tantas preocupaciones y líos en los que me metió. Al terminar me tiré sobre mi cama, miré alrededor y todo parecía de otro color, incluso el techo había cambiado.

sábado, 26 de septiembre de 2015

La tumba.  

Aún recuerdo aquella tarde en la que íbamos en el coche divirtiéndonos,vacilando, escuchando aquellas canciones que nos llenaban de gusto. La cara de Laura se veía tan llena de vida, tan jovial una sonrisa que era apacible al alma, mas su rebeldía era una incitación a lo prohibido. Gabriel, Chéjovin, mi amigo, también se notaba alegre, había despejado sus dudas con un poco de collins, aquella tarde lo note libre de todo aquello que a todos nos aprisiona con el sólo hecho de vivir, mi querido amigo existía por primera vez.

Desde el asiento trasero, los miré y les mencione que fuéramos por más diversión, que nos burláramos de la vida y dejáramos toda cosa que nos mantuviera muertos en vida. Laura pisó el acelerador a fondo, sin importar nada reíamos, Gabriel preguntó ¿querida prima a donde nos dirigimos con tanta premura? la respuesta de la hermosa conductora rebelde fue- La Pérgola- nuestras risas aumentaron.

Recordábamos cómo Laura con sus halagos y comparaciones al agente de tránsito nos libramos de una severa multa, gracias a ella y su don de la persuasión sólo le dimos un soborno al corruptible oficial. Como aun sobraba dinero de aquel collar de esmeraldas que fuimos a empeñar, decidimos ir por comida, ya era tarde y el día había sido ajetreado, comimos y conversamos acerca de aquellos jóvenes que patinaban en las afueras del establecimiento, los considerábamos unos idiotas, y como siempre Laura, tomó la iniciativa de ir a molestarlos, nos miramos nuevamente y con malévolas sonrisas la seguimos, pagamos la cuenta y sorbimos lo último que quedaba de nuestras malteadas. Salimos y nuestra compañera tomo una patines, que le quito a un chico ingenuo después de un breve coqueteo, fingió no saber patinar, su primo y yo observamos con detenida atención, se dirigió a donde estaban los demás idiotas y los hizo tropezar, había cometido su plan y los tres carcajeábamos. Luego de ésta broma donde todos cayeron sobre el hielo,nos dirigimos a El Pedregal a la fiesta de un senador, el cual llenaba sus bolsillos y no precisamente por su trabajo, nos estábamos divirtiendo muchísimo y la situación no cambiaría, en cuanto llegamos con nuestras risas, y nuestra actitud burlona, también nuestra forma de vestir vulgar; Laura tomó una botella y bebió de ella, Gabriel y yo destrozábamos todo en la mesa.

Después de nuestros incomodos actos, fuimos a cuestionar al Senador, quien obviamente no se iba a salvar de nuestras irónicas mentes, lo cuestionamos y lo pusimos nervioso delante de tres colegas suyos, antes de retirarnos quisimos convencerlo de un baile con Laura, la que fichaba barato, pero no accedió.

Al salir nuestras almas rebeldes se hicieron notar, abrimos las jaulas de los pájaros, rompimos floreros, echamos basura a la alberca y ensuciamos todo lo que encontrábamos a nuestro paso. Traía conmigo unas botellas de whisky que tomamos en el coche. llegamos a casa de Gabriel, yo decidí bajar y retirarme a casa, caminé y metros más adelante volteé hacia atrás, los vi reír.

Al día siguiente me encontraba vestido de negro, con el alma rota, enfrente de mi se encontraba Gabriel a quien no le dije nada, sólo lo miré y compartí el dolor de unas risas marchitas. Vimos como fue sellada aquella tumba, con todas nuestras esperanzas dentro. Au revoir, Laura, quien esperaba que aquella noche en la que reímos tanto, tu auto volcaría.